Hoy por hoy se festeja, entre aquellos que protagonizaron las acciones más radicales de este acontecimiento, una autoproclamada victoria. Honestamente, aún me quedan mis dudas sobre la especificidad de dicha victoria...pero ciertamente el hecho de haber impuesto una forma y un contenido irregular al máximo organismo de gobierno de nuestra facultad no es algo que pase todos los días. Y que, además de merecer algún festejo, deja bastante para pensar.
Pero sería imposible (o, mejor dicho, impractico) abarcarlo todo en una sola entrada, motivo por el cual iré dividiendo las reflexiones de estos días en varios capítulos. Hoy me encargaré de un tema especial, capaz de hacer hervir mi sangre en forma silenciosa. Un tema que excede la especificidad de este conflicto y que, sin embargo, ha sido majestuosamente ejemplificado por las posiciones de muchos alumnos: la mala fe.
Partamos de una base teórica: nuestro sistema lingüístico se maneja en base a ciertas reglas lógicas que imperan incluso sobre las reglas gramaticales puntuales de cada idioma. Todo ser humano, esté donde esté, necesita catalogar las cosas como verdaderas o falsas, y es incapaz de catalogarlas como ambas a la vez (en el mismo momento, desde el mismo punto de vista, respecto al mismo aspecto, etc, etc) o como una tercera. Nuestro lenguaje es predicativo: apuesta a la existencia de una realidad definida, incluso cuando nosotros no tenemos las agallas suficientes para hacernos cargo de ello. Y esta apuesta desborda con todas sus falencias cada cosa que hacemos. Las posiciones particulares no son, en cierto sentido, tan pecaminosas. Si todos nos vemos forzados a elegir y somos falibles en tanto seres humanos, entonces uno puede tolerar que cualquier persona piense lo que piensa, puede aceptar que haya gente para todo (hasta las más recalcitrantes y diametralmente opuestas de nuestras posturas). Sin embargo, esto no parece justificar en si mismo el hecho de querer camuflar las propias opiniones en la inocente forma de algo aparentemente menos conflictivo, menos perturbante pero, en el fondo, exactamente igual de obscuro y obsceno.
Pero incluso esto podríamos justificarlo. Un idealista maquiavelico que pretenda llevar el mundo al "buen puerto" que él ha definido en la soledad de su conciencia, puede intentar engañar retoricamente a los otros; buscando conseguir un fin meticulosamente especificado y oculto. Esta persona miente, pero no se miente.
El escenario que las conversaciones alrededor de la medida de fuerza de algunos estudiantes ha traído es uno completamente distinto y muy habitual al día a día. Hablo de las personas que teniendo una posición tomada se mienten a si mismas para no tener que confrontar el duro peso de las repercusiones de sus actos. El tipo de personas que se queja violentamente por via de los medios electrónicos pero antepone millares de inexistentes excusas para justificar su inacción práctica (cuando, en realidad, no tiene ningún tipo de interés en el bienestar ajeno; pero carece asimismo de la voluntad o el coraje para confrontar y aceptar su profundo egoísmo) o las personas que utilizan la primer persona del plural para hablar de un movimiento que detestan y para deslizar una no-del-todo-aceptada serie de argumentos egoístas disfrazándolos de grandes estratagemas para conseguir "nuestro objetivo" (que por lo general tienden a ser opuestas a las sostenidas por la gente de dicho movimiento y serviciales a los verdaderos objetivos de la persona en cuestión). Se notará por mi prosa que estos ejemplos de infatilismo exacerbado me perturban bastante: no tengo ningún problema en aquellos que, como algunos amigos personales, me digan con completa honestidad que no tienen ningún interés en la coyuntura política en la que viven, en como sus acciones particulares ayudan a la concreción de tal o cual suceso, en que las generaciones venideras les generan solo completa indiferencia. Estas personas han aceptado, con adulta y envidiable sinceridad, una beta tan presente en todos nosotros y tan estúpidamente transformada en tabú como puede serlo el egoísmo.
Pero encuentro cancerosa la actitud de aquellos que escapan a lo que, en cierto sentido, conocen. De aquellos que buscan excusas o recursos para disfrazar (ante si mismos) sus propios discursos para evitar confrontarse cara a cara con las consecuencias de sus propuestas. Un chamán amigo mio me dijo una vez: "C5N y TN son exactamente lo mismo, tienen el mismo mensaje. La diferencia está en que uno está apuntado a aquellos que están dispuestos a asumir de manera expresa y pública dicho mensaje y el otro es funcional a las personas que quieren sus consecuencias, pero son incapaces de admitir semejante deseo".
Yo reformularia diciendo que los segundos buscan algunas de esas consecuencias, pero sabiendo que ellas implican necesariamente otras que no pueden aceptar. Ante la problemática de confrontar una decisión utilitaria que viola en cierto sentido sus preceptos morales, estos sujetos de mala fe optan inconscientemente por el auto-engaño: se convencen, por chicanas y consenso ajeno, de que las otras consecuencias no existen, que los defensores del extremo opuesto son lunáticos y confabuladores.
El problema está, finalmente (y he aquí la causa de mi enojo) en que las consecuencias que intentan esconder bajo la alfombra efectivamente existen y en que la gran mayoría de estas personas son (como la gran mayoría de las personas en general) buena gente: ante la llegada del cataclismo que ellos mismos ayudaron a construir apresurarán las cacerolas y apagaran las luces al tiempo que, mirándose unos a otros, se quejarán de lo injusto e inesperado de la situación y mintiéndose se mentirán entre ellos , y el mundo continuará su estúpido curso.
Se me tendrá que disculpar el tono poco conciliador de esta entrada; pero sería pecar de lo que critico el esconder mi más primal aversión hacia este fenómeno. Todos, en cierto sentido, caemos en él. Todos somos, en algún momento, débiles de espíritu. Pero uno no puede hacer escuela del auto-engaño. Uno no puede fundar su filosofía de vida en una serie de mentiras conformistas.
El hacerlo nos esconde quienes somos realmente y nos pone vendas en los ojos para evitar mejorarlo.
La mala fe es hacer un tabú de la propia de persona.
